Biografías apasionadas (VII): Evangelina Ruipóntica, símbolo de la rebeldía

Biografías apasionadas (VII): Evangelina Ruipóntica, símbolo de la rebeldía

Ilustración de Pixabay

Evangelina Ruipóntica vino al mundo en el seno de una familia acomodada. Acomodada en los diversos cargos públicos que ocupó su padre gracias a su preparación y al partido al que pertenecía, de centro, naturalmente, lo que le permitió transistar por diversas ideologías sin que sus principios se sintiesen conmovidos.

La niña, hija única, ya apuntó maneras desde la infancia. Si le daban de desayuno galletas, pedía bollería, y si le daban ricos pasteles rellenos de chocolate aseguraba que prefería un picatoste. Cuando alcanzó el uso de razón y asistía a la escuela, los demás niños observaron el gran carácter de Evangelina, que arrasaba con el almuerzo que más le apetecía entre los que llevaban sus compañeros y soltaba soplamocos de regular consistencia a quien se negaba a ceder el alimento.

La adolescencia fue tan caótica que el señor Ruipóntica se convirtió por un día al catolicismo y decidió, de acuerdo con su señora, hacer como en el siglo de Oro, recluir a la niña en un convento donde terminase su educación y con la esperanza de que la regla rectificase sus rebeldes comportamientos.

Después de varios incidentes conventuales, escapadas y enfretamientos con las monjas a las que aterraba con un lenguaje agresivo, soez e invocador de los espíritus obscuros, Evangelina salió del resguardo monasteril con gran descanso y relajación… para las monjas. Y se puso a estudiar para enfermera, lo que generó cierto optimismo en la familia.

-A ver si se echa de novio un médico y sienta la cabezota -comentó su padre.

-Dios lo quiera -dijo su señora.

-Pues como no sea un psiquiatra… -terció la abuela.

La chica no era tonta, así que sacó una nota alta cuando se presentó a las oposiciones para ingresar en la sanidad pública, con lo que pudo elegir un hospital de referencia como centro de trabajo. El director, al ver el expediente, se llevó una buena impresión y cundo conoció a Evangelina, se llevó sus pertenencias a Melilla, donde pidió el traslado.

La verdad es que la enfermera causaba una excelente impresión a los pacientes. Cuando el Gobierno prohibió fumar en establecimientos públicos, ella animaba a hacerlo en secreto en la escalera de emergencias del hospital. Desde que el ministro de Interior dijo que no se podía beber alcohol cuando se conducen automóviles, Evangelina enarboló la bandera a favor del vino y las otras bebidas espiritosas como medio de ignorar a tanto político cafre. Fueron célebres su regalos navideños de grandes suelas de tocino cuando se insistió tanto en que las grasas animales eran malas para la salud porque, a su juicio, “las personas también son animales y tienen su propia grasa”.

Evangelina Ruipóntica fue una rebelde toda su vida, como demostraba cada verano paseando con vestidos largos mientras en invierno iba con reducidos pantalones o faladas cortas. Falleció a edad avanzada atropellada por un patinete que iba conducido por un adolescente ebrio que además fumaba en ese momento.