Biografías apasionadas (V): La vida frenética de Olegario Menestral

Biografías apasionadas (V): La vida frenética de Olegario Menestral

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La vida de Olegario Menestral no es sólo apasionante, podría decirse incluso que fue trepidante, un carrusel de emociones, aventuras y situaciones sorprendentes. Hijo de una familia de clase media, desde su más tierna infancia sintió las alegrías y sinsabores de la vida. Probó con delectación todas las piedras del parque al que su madre le llevaba para que se solease y distrajese. Pero al mismo tiempo tuvo que sorber entre lágrimas acuosas sopas de fideos e incluso de letras a fuerza de regañinas de su severa progenitora.

Precisamente el aprendizaje de sus primeras letras le descubrió nuevos mundos inexplorados: un lugar donde, junto a otros niños, coreaban las vocales primero, y luego todo el abecedario dirigidos por un señor que tenía cara de mala uva y les daba coscorrones cuando se equivocaban. De aquellos años reserva un recuerdo de violencia y de odio de la clase docente hacia los educandos. Nunca entendió que su padre le animase a estudiar para su formación, porque lo único que se formó en él fue una mala opinión del sistema educativo y del alumno grandullón que siempre andaba acosándole.

En la adolescencia su vida entró de lleno en la aventura. Conoció el amor en una muchacha que a su vez se lo reservaba para otro. Esto le pasó varias veces, aunque los desengaños, pensó, que le hacían más fuerte. De modo que pasó a mantener una actitud displicente respecto al sexo femenino, representando un papel misógino con el que logró despertar el interés de un amiguete homosexual, lo que le obligó a volver a su papel natural de varón heterosexual, sin estrenarse, pero heterosexual.

Una vez llegado a la adultez y como los estudios se le atragantaban desde la infancia, decidió emprender nuevos y arriesgados proyectos, y se puso a preparar un oposición para cartero. Tras intenso estudio y preparación, cuatro años después logró aprobarla después de que un amiguete de su familia dejase caer, osea, extraviase, en su domicilio las preguntas del examen.

La vida de repartidor de cartas le pareció ideal como medio de vivir a la intemperie y conocer a gente. En los primeros tiempo de ejercicio de este oficio esperó ilusionado alguna carta con la dirección y señales del destinatario escritas en jeroglífico, de cuyo desciframiento siempre ha sido célebre el cuerpo de correos por su ingenio e inteligencia en lograr interpretarlos y hacer llegar la carta a su destinatario. Pero los tiempos de Olegario ya eran los de cartas publicitarias, algunas de bancos y multas, es decir, escritas por gente circunspecta y sujeta a un formulismo expulsador de todo ingenio.

Sin embargo, el contacto con la gente que recibía cartas, le dio la oportunidad de comprobar la condición humana. Como ya no se mandan cartas de amor, ni de familiares con historias felicies, todo el que recibía un certificado ponía mala cara, lo que llevó a Olegario al campo de la psicología. “¿Por qué será?”, se preguntaba dándose diversos argumentos, hasta que Pepe, el dueño y camarero único de la taberna que frecuentaba, se lo descubrió: “son facturas, multas o avisos de cortes de luz o agua, y eso no presta buen humor, querido Ole”.

Para adquirir cultura que tuviese relación con su trabajo y así poder exhibirla engre los compañeros, amigos y familia, decidió audazmente leer “El coronel no tiene quién le escriba”, pero al segundo capítulo dejó el libro en la mesa de café del cuarto de estar, y allí el relato cogió polvo y la sensación de haber caído en una casa con una gran desinterés por la literatura. De hecho, Olegario pasó a utilizarlo de posavasos.

Fue entonces cuando tomó una decisión trascendental, la de vivir peligrosamente. Así, se fue a una tienda de deportes y se compró una bicicleta, un culote, una camiseta de diseño y unos zapatos de ciclista de marca. Y, después de tres o cuatro caídas tontas, especialmente porque lo de llevar el pie sujeto al pedal le provocaba cierta desazón, se echó a la carretera. Quiso integrarse en algunos grupos que le adelantaban, pero aquellos tíos debían ser profesionales porque no había manera de seguir su endiablado ritmo. Luego vivió varias aventuras con conductores de coches y camiones por diferencias de criterio de quién debe ser la carretera, quien paga impuestos para que exista y esté conservada y sobre el conocimiento del código de circulación.

Una vez abandonado el ciclismo optó por otro tipo de distracciones que aportasen experiencia a su ya dilatado currículo. Así que empezó a frecuentar locales nocturnos de los que, con demasiada frecuencia, era expulsado con cajas destempladas. Ello le hizo ver que su mundo natural era la discoteca, discobar y otros sitios de alterne con personas normales que no buscaban hacer negocios de regular moralidad. Después de ser rechazado por varias muchachas al juzgar que lo llamado por Olegario baile no era sino un espachurramiento de los pies de su pareja, dio en coincidir con una muchacha que había llevado una vida similar a la suya. Hablaron largo rato, luego días y meses con gesto de persona curada de todo espanto y que ha visto más de lo que se debe. Se definieron como personas de destino fatal a la que la vida aún reservaba sorpresas en cada esquina.

Se casaron y la primera de esas sorpresas fue la hipoteca del piso, luego la llegada de su hija y por fin la necesidad social de veranear en Benidorm por lo menos una semana al año. Cuando OlegarioMenestral se prejubiló del servicio de Correos hizo examen de conciencia y resumen de su vida, y concluyó que pese a todos los obstáculos superados y arreones de las circunstancias, se podía considerar medianamente contento con haber llegado a la jubilación y poder, ahora sí, afrontar nuevas aventuras una vez liberado de hipotecas, hija menor y el sacrificado trabajo. Desde entonces frecuenta el Hogar de Pensionistas, donde juega, mal, al billar y al dominó, con frecuentes reyertas verbales entre los intervinientes en la partida.

Olegario Menestral, una vida de riesgo y aventura.