La selección natural de líderes sociales

La selección natural de líderes sociales

(flickr)

-Lo cierto es que todo el mundo es muy darwiniano en lo que se refiere a la evolución del hombre, pero cuando toca la política se deja poco a la naturaleza y se suele elegir al peor.

-En política ya se sabe que prospera más el obediente que el crítico.

-Quiere usted decir el pelota que el hombre con principios.

-Se nota mucho que es usted persona leída.

-En efecto. Me tengo leído el Tebeo y las novelas de Marcial Lafuente Estafanía.

-Ese hombre enseñó a leer a media España.

-Y geografía del oeste americano a muchos guionistas de Hollywood.

-Unas novelas que fueron tan despreciadas por la intelectualidad como populares entre el común.

-Entonces la televisión era un complemento de la vida, no su fuente de saber como es ahora.

-El cura de este pueblo decía que quien empieza leyendo el Tebeo acaba degustando a Platón, cosa que yo no lo entendía muy bien porque Platón es el de la bodega.

-Se refería a un pensador griego, no tema.

-Es que las apariencias engañan.

-Mucho. Hace años, en unas de mis visitas a este pueblo, me ocurrió una cosa muy curiosa.

-Cuente, cuente.

-Pues al dejar el equipaje en la pensión y salir a cenar algo vi cierto alboroto en la plaza. Me acerqué después de observar los rostros de los que miraban el espectáculo, todos ellos como anhelantes, rojizos, no sé si del vino o del deseo de reir a carcajadas. En el centro estaba un hombre hablando con el que me dijeron que era el tonto oficial del pueblo. Le mostraba una perragorda de la época, o sea, dos céntimos actuales tirando por alto, y en la otra mano una peseta, o sea menos de un euro actual.

-Sé quienes eran, uno ya desaparecido. El que dirigía el espectáculo era entonces el gracioso oficial. Siempre andaba por la plaza soltando chistes y charcarrillos de todo el mundo que no estaba presente.

-Ya. El caso es que puesto a elegir, el tonto se decidió por la perragorda en vez de por la peseta. El público soltó una risotada y se desperdigó. El muchacho se guardó la moneda y antes de que se fuese le llamé. “Oye, chico, ¿no comprendes que era mejor haber elegido la otra moneda?”, le dije. Me miró entre asombrado y descreído mientras se le descontrolaban algunos tic nerviosos y me dijo: “Sí señor, pero es que si elijo la peseta nunca más me volverán a hacer el juego”. Entonces el sorprendido fui yo que me quedé con tres palmos de narices mientras le veía acercarse al quisoco para gastar la perragorda en alguna chuchería. El más listo de todos los que habíamos observado el jueguecito era el presunto tonto.

-La vida te da sorpresas.

-Ya le digo.

-He deducido que se dedica usted a las ventas.

-Así es. De toda clase. Precisamente venía a ver al alcalde para ofrecerle un servicio informático de última generación que incluye sistemas de alarma para personas mayores que vivan solas, por ejemplo.

-Pues ha tenido usted suerte, porque el alcalde soy yo.

-Tanto gusto, caballero. Si quiere puedo exponerle el negocio que aquí me trae.

-Mejor es que vaya usted al Ayuntamiento mañana y hablamos tranquilamente.

-¿Y por quién debo preguntar para hacerlo debidamente y no sólo referirme a el alcalde?

-Me llamo Luis, pero aquí todos nos conocemos por el mote y el mío es “el bolo”.

-Señor alcalde, ¿cómo cree usted que yo voy a ir a la Casa Consistorial y preguntar por “el bolo”?.

-No tenga usted ningún tipo de empacho ni cortedad. Es que yo soy aquel tontito que prefería los céntimos a la peseta.