¿Por qué nos quieren convencer de que es progreso volver a la bicicleta?

¿Por qué nos quieren convencer de que es progreso volver a la bicicleta?

(pixabay)

En los años sesenta del pasado siglo los obreros iban en bicicleta, al poco tiempo la sustituyeron por una motocicleta en la que vijaban, los días festivos, el matrimonio y el niño. Transcurrido otro periodo de tiempo no muy largo estrenaban su primer coche, un utilitario. A eso, entonces, plena época gris del franquismo, se le llamaba progreso. Ahora nos intentan convencer de que ese progreso es hacer el camino al revés.

Es comprensible que un oficinista salga los fines de semana en bicicleta para intentar conservar su trasero en dimensiones que no llamen la atención. Incluso es normal que chicos jóvenes propensos al engorde hagan este ejercicio para mantener un tipo apreciable por las chavalas en la disco o en el botellón. Se comprende también que los concejales de Deportes, en muchos casos exdeportistas que han aumentado su volumen estrepitosamente, se dediquen a recomendar la práctica deportiva para que no se diga que son partidarios del reconfortante sofá dominical.

Todo eso está muy bien, pero la humanidad se caracteriza en su progresión por haber ido mejorando las condiciones de vida, de alimentación y de traslado, entre ellas. Así que se considera muy saludable caminar, pero a nadie se lo podrá pedir que vaya de Madrid a Barcelona como en el siglo XIX, o sea, sobre un vehículo de tracción semoviente, que es como se mueven los carros y las bicicletas.

Así, volver del coche a la bicicleta no es progresismo, es retrógrado adornado con ese modernismo que ha llenado las aceras de peatones de carriles bici y los bolsillos de algunos progresistas. Porque el progresismo actual consiste no en mejorar la vida de la gente, sino de su gente, de los que mandan, y crear problemas nuevos con el paternalismo de decirnos que es mejor para nosotros establecer limitaciones porque tenemos la cabeza de chorlito propia de un adolescente y no sabemos reconocer dónde está el peligro.

Los progresitas criticaban el paternalismo de las sociedades en el siglo XX y en el XXI son ellos lo que lo practican, especialmente porque la ignorancia es audaz y la clase política contemporánea no brilla, precisamente, por su gran formación. De modo que admitir consejas de un inepto es, cuando menos, temerario.