Biografías apasionadas (IV): Obelisco García, célebre fabricante de palabras

Biografías apasionadas (IV): Obelisco García, célebre fabricante de palabras

Un sevillano flamenco dejó este obelisco en Roma. (flickr)

Obelisco García era una persona abierta, explayada, grande, o sea, estaba gordo. Eso le prestaba gran bondad que él repartía dando cariñosos cachetes a los niños, galletitas a los perros, quitándose el sombrero cuando saludaba a los caballeros y diciéndole a las señoras: “cada vez la veo más joven”. Por eso era muy apreciado y querido, especialmente por los perros.

Era tan bueno que había rechazado ser concejal de festejos e incluso ser presidente de la comunidad de propietarios. “Obelisco, estás dilapidando una carrera pública”, le dijo el alcalde de su pueblo, al que le tenía aprecio por haber sido colegial, pero recordaba, con un pensamiento que deseaba rechazar, que era el más bruto de la clase. Así que tampoco daba mucha importancia a sus opiniones.

El señor García se dedicaba a lo suyo: regentar una mercería y a su afición preferida, vocación real y profunda que era inventar palabras. De su talente salió esa celebrada expresión que a día de hoy discuten aún los linguístas y filólogos: “escalofrollo”, que el propio Obelisco describió como la sensación entre escalofrio y estupor que le producía su cuñada cada vez que iba de visita a casa. Sin embargo, cuando se cruzaba con la dependiente de la joyería existente al lado de su mercería, sus sensaciones las definió con la nueva palabra “satislibidis”, es decir, una mezcla de satisfacción e incremento de los deseos de carácter biológico, y no se refería a la necesidad de acudir al lavabo.

Su fama fue tanta que hasta los seguidores del club de fútbol local le hicieron un ruego.

-Don Obelisco, tenga usted la bondad, por todos conocida, de fabricarnos una palabra para expresar nuestros sentimientos cada vez que nuestro combativo equipo pierde, que suele ser todos los domingos. No es que nos afecte mucho porque si fuese así padeceríamos todos hipercloridria, pero sí que nos deja un poco aplanados, lo que luego se traduce en los apagados debates que celebramos, tras cada partido, en la sede del club, el bar Pérez.

Y el lingüista aficionado se puso a estudiar el asunto: Leyó textos clásicos, ensayos de afamados expertos en la lengua española, incluso escudriñó el prospecto de funcionamiento del mando a distancia del televisor sin entender una palabra, como todo el mundo. Tras larga reflexión, análisis y comparaciones, elaboró la palabra “pimpamus”, cuyo significado explicó en una sentida carta a la directa del club de fútbol. En ella explicaba que la palabra en cuestión, cuyo aprendizaje recomendaba a todos los socios y aficionados en general, así como su enseñanza a los niños, “quiere decir que aunque pierda nuestro querido equipo, sin ahorrar el debido orgullo de los colores, la vida sigue “pimpan” y que esa pérdida no debe sacrificar, al mismo tiempo, la partida de mus en el bar Pérez”.

Por este motivo don Obelisco fue nombrado socio de honor del club y del bar Pérez, y a día de hoy en su localidad natal todos los aficionados, cuando abandonan el campo de fútbol en una jornada negativa para la divisa local, suelen decir “estoy un poco pimpamus, así que voy al bar Pérez para arrimarme un par de latigazos de Chinchón a ver si se me pasa”. Dado que el equipo futbolero no es muy ganador, la expresión de don Obelisco ha alcanzado tanta difusión que ya la utilizan los aficionados y jugadores de otros clubes comarcales, regionales, nacionales e internacionales; si no nos creen, pregunten en Sudán.

Otras palabras que han pasado al acervo popular, por ejemplo, es “puñetasmandan”, que era la forma fina con la que Obelisco recomendaba mandar a tomar por… a las personas agrias. O para rechazar con la debida distinción un alimento o bebida que se nos ofrezca, elaboró la expresión “nontiento”, que viene a decir “no, que estoy que reviento”.

Obelisco falleció prematuramente cuando trataba de crear una palabra más larga que esternocleidomastoideo y pretendía pronunciarla, para demostrar su fácil locución, mientras hacía gárgaras. La biblioteca municipal lleva su nombre, así como el aguardiente local que se dispensa en el bar Pérez.

Nota: este artículo ha sido patrocinado por Bar Pérez.