Una clase de inglés fluido en el psicólogo

Una clase de inglés fluido en el psicólogo

(pxhere)

-Buenos días, don Onésimo

-Buenos días don Genaro. ¿Es la primera vez que viene usted por aquí?

-Sí, señor.

-Y antes, ¿ha tenido usted alguna terapia psicológica?

-No, señor, salvo si en eso entran las homilías de don Pascual y las charlas de mi señora, que cuando coge tema no lo suelta.

-Bien, siéntese usted.

-Ya ve usted, creía que me tenía que tumbar.

-Si se encuentra más cómodo…

-Cómodo sí, pero tanto que me quedaré dormido.

-Entonces hablaremos sentados, si le parece.

-Perfectamente.

-Pues dígame qué le preocupa.

-Vera usted, a fuerza de ver televisión, leer las redes sociales, periódicos de papel y eschucar a mis amigos hablar con palabras inglesas que pronuncian lamentablemente, me siento como si no fuese de este siglo.

-Un aire a Lope de Vega sí que se da usted, pero no se preocupe, le aseguro que no lo es.

-Me ha puesto usted nervioso, por un momento he pensado que podría ser de otra época y haber llegado a esta por algún sortilegio, brujería o por haber sido descongelado en el Ártico.

-No tenga temor, es usted del siglo XXI se ponga como se ponga.

-¿Está seguro?

-Totalmente. Mire, se le nota a usted en que es de este siglo porque no habla en verso, de hecho habla usted regularmente. Por otra parte, todos sus signos externos son de este mismo tiempo: la barba sin afeitar de unos días, el pelo rasurado al uno o el dos, y que viste usted de niño.

-¿Cómo de niño?

-Sí, con pantalón corto y camiseta de marca, de marca de cerveza.

-Pues tiene usted razón.

-Es que, permítaseme decirlo, son ustedes un poco abandonados. Cuando se va a visitar a un facultativo por lo menos pantalón largo que me evitaría ver la roña de sus rodillas.

-Disimule usted, don Onésimo, es que como tengo la cabeza así.

-Un poco apepinada, ciertamente.

-Digo por dentro.

-¿También pepino?

-¡Una ensalada, don Onésimo!

-Diga, diga.

-Pues como le iba diciendo, yo soy creyente, me gusta la bandera española y las señoras de cualquier nacionalidad, comunidad autónoma o municipio, me siento orgulloso de ser español y así lo expreso en cuanto tengo oportunidad, el deporte me parece muy cansado para practicarlo en comparación con otras actividades de ocio, a no ser que pretendas ahorrar; me caen mal los que utilizan palabras extranjeras para expresar conceptos que tiene la suya en nuestro idioma, y todos los que hablan mal de mi país en socorrido argumento de que hay que ser objetivo. Y me estomagan los nacionalistas, aún más los que establecen la equivalencia es entre ser españolista o partidario de la ruptura nacional. Mis compañeros de trabajo dicen que soy raro, anticuado, facha y cosas peores.

-La verdad es que está usted fuera de la moda, y como ya nos explicó Ortega, la moda es una manifestación profundamente humana. ¿Tiene usted amigos?

-Sí, señor.

-¿Y qué le dicen?

-Nada, porque la mayoría son como yo, aunque tengo algunos que son de la misma opinión de mis compañeros laborales.

-Pero los que piensan como usted hablarán del asunto.

-No, estamos acomplejados. Nos limitamos a jugar al mus, hablar en español porque sabemos que en el bar algunos ya no lo entienden, y beber soles y sombra para subrayar nuestras raices patrias. También vemos partidos de fútbol, más que nada para decir tacos y graves insultos gratuitamente.

-¿No son ustedes taurinos?

-Naturalmente. Suponía que la cosa se infería de mi explicación.

-Era por confirmar.

-¿Qué opina usted, don Onésimo?

-Pues verá. Mi nombre viene de la admiración de mi padre por Onésimo Redondo, un sindicalista falangista, de modo que si yo fuese un profesional de la psicología irresponsable le diría ahora mismo: “¡Arriba España, persevere usted y sus amistades en sus creencias!”. Pero yo soy un profesional, y como le decía en mi anterior cita de Ortega y Gasset, la contemporeanidad exige el esfuerzo intelectual del hombre para desligarse de prejuicios anticuados e incorporarse a la sociedad libre de cargas.

-O sea, que debo convertirme en un cursi.

-Usted cree que eso es cusilería porque en su fuero interno, de macho agredido, considera que va a representar un papel ficticio, pero si usted interioriza las nuevas tendencias, o sea lo que es “treding topic”, rebusca usted en los más profundo de su mente como si fuese un pirata, es decir, un “hacher” y cambia usted esos racios principios por otras etiquetas, o sea, “hastag”, pasaría usted a la condición de persona feliz. Sus compañeros de trabajo le apreciarían, las mujeres modernas le harían caso y los partidos progresistas desearían su apoyo, buscarían su amistad.

-¿Y mis amigos?

-Los podría perder, pero si me los envía usted, en 20 o 30 sesiones les convertiría en hombres nuevos y podría conservarlos, sin necesidad de abandonar el noble juego del mus. De hecho, si usted tiene verdadera preocupación por su situación en el mundo actual, debería venir por aquí al menos una hora al mes.

-No, si ya me están haciendo efecto sus palabras. ¿Cuánto le debo?

-Ahora se lo dirá mi ayudante.

-A propósito, ¿no tomaría usted un café conmigo? Es que de pronto he visto, como una ráfaga en mi apepinado cerebro, la necesidad de establecer algún tipo de intimidad con usted.

-Perdóneme, pero para mí la homosexualidad merece todo el respeto, tanto, que no me considero dotado para ingresar en ella, así que búsquese usted otro “gay”.

-¡Qué bien habla usted inglés, don Onésimo, pronunciado con esos labios que cubre ese cuidado bigote que está, a su vez, debajo de esos ojazos!

-Me satisface ver que está usted cambiando a mejor. Buenas tardes.

-Hasta la próxima. “Bay, bay”.