Donde se explica por qué el político contemporáneo es tan ordinario

Donde se explica por qué el político contemporáneo es tan ordinario

El presupuesto, ese arma político. (pixabay)

Señoras y señores, hemos de concluir que el político contemporáneo es un pesetero, dicho sea con perdón y mejorando lo presente. Y como consecuencia directa de esa condición indiscutible, sobreviene la calidad de persona ordinaria. Como se sabe, entres individuos debidamente educados nunca se habla del dinero nada más que en ocasiones señaladas: para financiar bodas, banquetes de homenaje o fijar el óbolo caritativo. Hay personas que incluso, en su circunspección, evitan las referencias dinerarias en situaciones como la de pagar una cuenta en el bar, el restaurante o el taxi compartido y nunca discuten. Lamentablemente, esta clase de rigurosos comportamientos son considerados por parte de la ciudadanía peor preparada como síntoma de avaricia.

En la antigüedad, la dedicación a la política era considerada como un gesto de servicio público, en el que el optante sacrificaría su vida, pensamientos y trabajo a la gestión de los asuntos comunes con una conciencia limpia y siempre en estado de aviso ante situaciones que pudiesen perjudicar al ciudadano, en especial al más desprotegido. Actualmente, el político se ha convertido en un profesional de desigual cualificación cuya mayor preocupación es contar con presupuesto. No hay político contemporáneo que sepa hacer algo sin recursos económicos. El concepto de gestión de los asuntos públicos está ligado estrechamente a la caja.

Es tan raro oír a un político hablar de cuestiones que preocupan a la gente y cuya resolución no necesita medios dinerarios aunque sí trabajo, como no escucharle decir que se requiere más presupuesto conque para atender los asuntos sociales, que es como eufemísticamente se denomina a toda suerte de subvenciones, ayudas y creación de instituciones públicas que nadie sabe para qué sirven realmente.

Es un factor común a la política el expresar la necesidad de establecer nuevos impuestos, aranceles, tasas, precios públicos y demás figuras fiscales como medio indispensable para alcanzar la felicidad. Nunca se habla de reorganizar, perfeccionar, hacer eficiente la Administración. Por ejemplo, un político no se alegraría de saber que si reduce la sobredimensión de administrativos, que casualmente son de su coincidencia ideológica, se podrían contratar más médicos, enfermeros y auxiliares que acabasen con las listas de espera sanitarias.

Es posible que esta dependencia del dinero en detrimento de la capacidad y eficiencia en la gestión tenga que ver con la preparación del político, o que no haya sido educado en la reflexión y el análisis, pero lo cierto es que cuando en su casa hace falta dinero y no hay más medios de aportar más, recortan los gastos, mientras que si están al mando de alguna administración tiran de préstamos que esperan que paguen los que vengan detrás o suben la carga fiscal a los ciudadanos.

Total, que ser político contemporáneo tampoco es tan difícil, como tenemos comprobado todos por el hecho de que acaba siendo el alcalde de tu pueblo el que menos podías pensar que tenía una idea para ocupar semejante puesto, y el tiempo te suele dar la razón.