Más dura fue la posguerra

Más dura fue la posguerra

!Qué larga se estaba haciendo esta posguerra¡. Diez años ya habían pasado desde el final de la contienda civil y la vida no levantaba el vuelo, aún el racionamiento campaba por sus fueros y era norma y signo de vida en lo cotidiano. La subsistencia era una batalla que había que librar todos los días, los hombres, la mayoría de ellos, en sus duros trabajos y las mujeres en las colas de los establecimientos con sus cartillas de racionamiento y sus hijos colgados de sus pechos más bien vacíos o chillando y voceando a aquellos que ya andaban y corrían por la calle. El intento de autarquía y el aislamiento internacional seguían haciendo mella en la economía del país y en la de las familias lo que alargaba la situación de precariedad en la vida cotidiana del pueblo. El estraperlo era para muchos un asidero que servía para que unos pocos medraran y el resto encontrase algunos productos básicos para la subsistencia. La connivencia de ciertos elementos adscritos al régimen así como de algunas autoridades tanto civiles como militares contribuyó al nacimiento de algunas fortunas en detrimento del resto de la población que literalmente pasaba hambre.

Pero dentro de esta situación, Mauricio no se podía quejar, tenía un trabajo fijo y estable y aunque el sueldo no era muy boyante, servía para que su mujer y su pequeña hija con poco más de dos años, mantuviesen la subsistencia, eso sí, con la férrea contabilidad familiar de Rosario que hacia de las pesetas duros como se decía corrientemente en aquellos tiempos. La niña era la alegría de la pareja que hacía casi tres años, había contraído matrimonio en una sencilla ceremonia como no podía ser de otra manera a la vista de las economías de ambas familias.

Mauricio no había hecho la guerra porque era demasiado joven cuando estalló ésta, apenas contaba con catorce años y no fue reclutado, además su zona pasó rápidamente a ser controlada por las fuerzas “nacionales” y apenas se notaron en exceso las consecuencias dramáticas que se vivieron en otras zonas del país. Eso sí cuando terminó la contienda y no mucho tiempo después fue llamado a hacer la “mili” en lugar alejado de su casa y de su familia, tres años nada menos y además en la ciudad de Ceuta, llena de militares a rebosar por entonces y plaza estratégica porque se estaban desarrollando ya los avatares de la segunda guerra mundial. En todo este tiempo, Mauricio mantuvo una intensa correspondencia amorosa con Rosario a quien ya conoció algún tiempo antes de ser reclutado por el ejército.

Tras ser licenciado y volver a su casa, se le plantearon inmediatamente dos cuestiones, tenía que encontrar un trabajo y una vez logrado esto, casarse con Rosario, tres años de separación, salvo un par de permisos, se le habían hecho muy cuesta arriba y ansiaba fundar una familia pues ya había dejado de ser un niño hacía ya bastante tiempo.

La primera cuestión la afrontó consultando a su padre que había sido y era ferroviario aún, empleado en los ferrocarriles estatales de la Compañía RENFE a la que había accedido después de haber pertenecido anteriormente a la Companía Nacional de los Ferrocarriles del OESTE que fue absorbida por la primera al poco de finalizar la guerra.

-Mira hijo, ahora mismo hay unas plazas de guardafrenos que aunque es un trabajo un poco duro y mal retribuído, a ti lo que te interesa es meter la cabeza en la Compañia y más tarde acudir a cubrir otras plazas que puedan ir surgiendo, al estar ya dentro siempre tendrás más opciones que otros.

Y así fue que tras una corta temporada desempeñando la labor de guardafrenos al poco tiempo Mauricio pasó a ser designado con el rumboso título y desempeño de labores de “Jefe de Tren”. El cargo ya era mejor que el anterior y además mejor retribuido lo que hizo que al poco tiempo, Mauricio y Rosario contrajeran matrimonio.

Su trabajo consistía en esencia en viajar diariamente en un furgón del tren llamado Correo y su función principal era la de ser responsable de la expedición durante su trayecto bien que en la parada en las estaciones, esta responsabilidad recaía en el Jefe de Estación mientras el tren permanecía parado. Así mismo era el vigilante y custodio de todos aquellos bultos o paquetes que los clientes facturaban. El furgón constituía a veces una especie de lugar de encuentro en el que viajaban otros compañeros que iban en tránsito de una a otra estación de recorrido con diversas misiones, o personal de Vías y Obras en el cumplimiento de sus obligaciones. Esto hacía que algunos de ellos trapicheara con el estraperlo, bien que en un tono menor y ante el que Mauricio cerraba los ojos precisamente por ser estos de poca enjundia, aunque era sabido que siempre una pareja de la Guardia Civil hacía su servicio en el tren correo y perseguía a los estraperlistas que viajaban en los coches de viajeros a los que requisaban, si la encontraban, una pobre partida de aceite o de café que muchas de las veces se iba directamente a sus hogares, que así mismo estaban tan necesitados como el resto de los ciudadanos. Pero no solían meterse con los trabajadores ferroviarios con los que mantenían una especie de compañerismo y esto estimulaba las pequeñas operaciones ilícitas dentro del furgón del Jefe de Tren.

En el hogar de Mauricio y Rosario se vivía pues con un cierto desahogo, si se puede decir que el desahogo era comer todos los días dados los tiempos que corrían, aunque eso sí con la severa economía que imponía la propia Rosario porque cualquier gasto extraordinario que hubiese que hacer ya desequilibraba el presupuesto mensual y había que hacer equilibrios para llegar a fin de mes.

La niña, era la alegría de la casa y se criaba saludable y alegre aunque la madre que observaba atentamente todas sus evoluciones no llegaba a estar todo lo satisfecha que debía en el desarrollo de la criatura. Así un día le hace observar a su marido que la niña, sí, está bien, pero que observa que está teniendo un fuerte desarrollo y que considera que necesitaría algún aporte extra alimentario porque le parece insuficiente lo que le están dando, quizá alguna vitamina para ayudar al su crecimiento o algo así.

– Está bien, Rosario, mañana mismo vete al médico de 18 de Julio y se lo cuentas, claro que con la cantidad de niños que hay mal nutridos no sé si te hará mucho caso pero por lo menos le echará un vistazo a la niña y a ver qué te dice.

Así fue que al día siguiente la madre con su hija se encaminan al hospital a la consulta del médico de cabecera y tras una larga espera son recibidas por el galeno de turno que tras explicarle las impresiones que habían llevado a Rosario a su consulta, la niña es auscultada: estetoscopio, percusión a través de golpecitos en la espalda, visión de la garganta con la espátula de madera, visión de los oídos con el otoscopio, y fin de la exploración. El médico con semblante serio (lo tuvo a lo largo de toda la consulta), indica -ya puede vestir a la niña-, y pasándose a su asiento del despacho, informa:

– Hombre, la niña parece estar sana, quizá lo que usted apunta sea cierto, está algo más desarrollada de lo normal, tal vez se la pueda ayudar con alguna vitamina pero ya sabe cómo andamos de medicinas y no sé si en este caso merecería la pena hacer gasto de ellas, en todo caso dígame, está aún mamando o tiene usted algún problema para no darle el pecho.

– Pues mire doctor hace un par de meses que a mí se me retiró la leche y ya le doy leche de vaca, ese es mi miedo porque parece que la niña no se acaba de satisfacer con ella y otros alimentos me los rechaza.

-Dígame, señora, de dónde se provee usted de la leche que toma la niña, la compra en alguna lechería de la ciudad o se la suministran de algún otro sitio.

– Todas las tardes cuando mi marido vuelve del trabajo, la coge de una lechería que hay en la calle de Los Desamparados, él se lleva en su cesta de mimbre, donde lleva su comida, una lecherita y al volver por las tardes a casa compra la leche y la trae, suponemos que tendrá suficiente calidad y no estará muy “bautizada”.

El doctor mueve su cabeza y dice:

-Claro, lo bueno es que pudiera ser de una vaquería directamente y con garantías. Mire yo tengo una finca cerca de aquí, a dos paradas de estación y todos los días me envían por el tren, una cántara de leche de vaca recién ordeñada con la que atiendo a toda mi familia y sobre todos a mis hijos, tengo tres, que son los que más lo necesitan porque están en desarrollo continuo y así me garantizo que todos tomamos leche pura de vaca. A ver si pudiera usted contactar con alguien de garantía que se la pueda suministrar y le vendrá estupendamente a la niña.

Rosario salió de la consulta más bien mosqueada con el doctor, no solo le había restregado su prepotencia de fincas, vaquerías, etc, sino que además no le había ofrecido una solución por la que ella pudiera acceder a alguien conocido del doctor que le pudiera suministrar la recomendada leche pura de vaca. Para este viaje no hacían falta alforjas, se podía haber ahorrado su confidencia porque lo único que había conseguido era sumirla en una especie de estado de impotencia al hacer comparaciones entre los afortunados y los que estaban sujetos, como ellos, a los avatares del destino de los desheredados. Así pensaba Rosario mientras iba de camino a su casa un tanto ofuscada, aunque poco a poco se fue calmado y haciéndose las cuentas que a pesar de todo había mucha gente que aun estaban mucho peor que ellos, pero su condición de madre se rebelaba ante las diferencias entre los hijos de unos y de otros.

Así pasó el resto del día esperando que llegase su marido para contarle los hechos y cómo había resultado la consulta con el médico.

– Mira, Mauricio -le contaba-, no me importa que al final no me haya dado ni siquiera un diagnóstico claro de qué es lo que pueda tener la niña si es que tiene algo, pero me duele que haya presumido y se haya pavoneado de que él tiene una finca y vaquería y yo qué sé más cosas y que sus hijos se crían sanos porque pueden tomar todos los días pura leche de vaca, y yo que me busque la vida cuando sabe cómo están las cosas. !Qué injusticias tiene la vida¡

– Escúchame cariño y no te atormente más porque lo que no sabe ese doctor y tú tampoco, hasta ahora, es que los únicos que tomamos leche pura de vaca somos tú, yo y nuestra hija, porque todos los días yo que viajo junto a su cántara de leche en el furgón del correo, lleno nuestra lechera de leche de la suya y después relleno con agua pura su cántara para que no se note.

Decididamente !qué dura fue la posguerra¡