Cuando el amor obstruye las arterias

Cuando el amor obstruye las arterias

(flickr)

-¡Ave, legionario urbano!

-¿Traemos cachondeito? Porque aquí tratamos muy bien la ganas de juerga.

-No, señor guardia. He saludo con el respeto que me merece la civilización romana, donde la policía era conocida como cohorte o legión urbana.

-Y aparte de lecciones de historia, deseaba usted algo. ¿Quizá dormir la mona en el calabozo?

-No, señor guardia. Que un servidor esté eufórico no debe sugerir la idea de haber ingerido en demasía bebidas alcohólicas, aunque algo hemos tomado con la moderación que mi posición y educación recomiendan.

-Y ha dicho usted: voy a contarlo a Comisaría que igual están aburridos.

-No, señor guardia…

-Deje usted de llamarme guardia que soy agente de Policía.

-Perdóneseme el desliz.

-Continúe.

-Pues verá usted. Después de larga charla con los amigos, me he dado cuenta que mi mujer me quiere…

-Y eso ¿exige acudir a la Policía?

-No me deja usted acabar. Que me quiere asesinar.

-Como verá usted, no me extraña su declaración. De hecho, desde que ha entrado usted en esta oficina a mí me están entrando las mismas ganas que usted atribuye a su señora.

-Si me permite, argumentaré el asunto con la claridad que mi preparación anuncia: soy abogado, juez de paz de mi pueblo y tengo un máster en oratoria, en explique para que usted me entienda.

-Al grano, que hoy es viernes y tendremos cola dentro de un rato.

-La cosa es que mi señora, de la que debo decir que sigo enamorado con algunos peros, sospecho que está tratando de acabar con mi vida mediante envenenamiento a largo plazo.

-¿Cómo es eso de a largo plazo?

-Puers sí. Me anima a fumar hasta el punto de que es ella la que me compra el tabaco, con el precio que tiene y lo pesetera que es ella. Pero es más, también me anima a ir al bar con los amigos y cuando salgo de casa me dice, como con segundas: “y a ver si vas a venir sereno”. Para comer me pone unos chuletones con una capa de tocino de esos que saben a gloria cuando te lo comes churrascaditos. Y es verdad que a lo largo de la semana comemos legumbres, pero siempre con un dedo de grasa. Pero el colmo es cuando la pregunto: «y una ensalada, ¿no vamos a comer?», y siempre me contesta que se le ha olvidado en la tienda. Los desayunos son a base de churros, picatostes o esos bollitos que vienen en bolsitas y que se desaconsejan para los niños porque producen obesidad.

-¿No pretenderá usted que detengamos a su señora por darle de comer bien y abundantemente?

-Hombre, así expresado… Pero igual podían iniciar una investigación… secreta, que ella no se entere, que tiene muy mal pronto.

-¿Y de qué la acusamos? ¿De procurar que le suba a usted el colesterol malo?

-¡Hombre, igual que es delito la obstrucción a la Justicia debe serlo el de obstrucción a las arterias!

-¿Me está usted diciendo que sería feliz y se sentiría más seguro comiendo ensaladas pocos aceitadas, verduras hervidas y trozos de carne a la plancha?

-No, señor. Parece que está usted describiendo un menú británico. Si comiese eso se me pondría cara de inglés: triste y con un rictus de cierto desprecio, como oliendo a vinagre.

-Bueno, pues váyase usted a su casa tranquilo, viva felizmente casado, felizmente comido, bebido y fumado lo que le quede de vida y no vuelva usted por aquí.

-Pero vamos a ver. En toda actividad humana se hacen labores preventivas para evitar riesgos, ¿en seguridad personal eso no existe?

-La verdad es que no se conoce ningún caso en que se detenga a una mujer por poner una mesa bien nutrida. Haga usted deporte, deje de fumar, tome fruta fuera de su casa…

-Parece usted mi médico.

-Es que como a todos nos dicen lo mismo…

-El mío, cuando me pregunta la dieta, asegura que me voy a morir.

-Y en ese diagnóstico ha acertado. Aunque hiciese usted la dieta de un deportista de élite, también se morirá, como todo el mundo.

-Entonces, ¿no hay nada que hacer?

-Nada más que vivir el momento. Es decir, disfrutar.

-Y encima me sale un guardia optimista y filosófico.

-Oiga, antes dijo usted que estaba enamorado de su esposa pero con algunos peros.

-Sí, señor. Los peros son que me regaña mucho, me habla gritando y siempre me encuentra algún defecto nuevo, que ya me tiene acomplejado.

-Bueno, las relaciones humanas tienen sus malos momentillos.

-Y además se está llenando de arrugas.

-¿Es mayor que usted?

-No, más joven.

-Pues usted no tiene ni una arruga.

-Es que mido 1,73 metros y peso 103 kilos. Estoy hinchado, ¿qué arruga voy a tener? Pero ella, como come equilibradamente…

-Nunca llueve a gusto de todos.

-Buenos días. Me despido como vine: los que van a morir te saludan, señor guardia.

-Que la Macarena le guíe, estimado ciudadano. ¡Mariano, compañero!, ¿puedes venir un momento?

-Dime.

-¿Me puedes sustituir un rato? Es que voy a tumbarme porque de hablar con ese tío que acaba de marcharse me ha puesto un molesto dolorcillo en el brazo izquierdo…