El dentista, ese torturador moderno y con prestigio social

El dentista, ese torturador moderno y con prestigio social

(pxhere)

Un dentista es un médico que te toca la boca, como un urólogo te toca otras partes sensibles. Durante mucho tiempo se ha incluido a los dentistas médicos con los mecánicos, a los primeros se le denomina técnicamente estomatólogos, a los segundos sacamuelas, pero tu boca los iguala como si tus dientes, incisivos y muelas fuesen comunistas, cuando todo el mundo sabe que son la parte más aristocrática de tu organismo, después de lo que toca el urólogo.

¿Qué diferencia hay en que te saquen una de esas muelas con tres raices a que te avisen de la realización de una edodoncia? Para el futuro, lo segundo es importante, pero para el dolor presente, lo primero. El caso es que te tocan la boca -a ver si leemos a Freud- y con eso te están palpando el pasado, el presente y el futuro. Desde la infancia, cuando mamas de tu madre, a ese momento culminante en el que das el primer beso en los labios de esa persona que te arrebata. (El lector habrá notado la delicadeza del autor para no hacer una declaración que podría considerarse machista si hubiese escrito en vez de persona, chavala).

Sin embargo, un dentista, ya sea licenciado en estomatología, o profesional mecánico, son los tipos que más se parecen a los torturadores medievales, que en España solemos representar en nuestro imaginario con los verdugos de la Santa Inquisición, instituto que fue bastante más leve en sus acciones en nuestro país que en el resto de Europa e incluso norteamérica. En cualquier caso, el dentista es su heredero directo, un torturador modeno que, a diferencia de la Inquisición, te maltrata y luego te cobra un dinero.

Es verdad que a diferencia de los verdugos inqusitoriales, los dentistas no te matan, ni tan siquiera te dejan tullido e incluso no te obligan a salir por las calles con un sambenito. Te lo puede parecer cuando te mete un montón de instrumentos chirriantes en la boca, o tira de tu carrillo metiendo directamente el dedo, que no sabemos donde lo habrá tenido antes, por muchos guantes de latex que se ponga para disimular. El dentista, ciertamente, te deja vivo para que sigas trabajando y vuelvas su consulta. Este aspecto, que la gente suele criticar, es importante.

La Seguridad Social española cubre ciertas actividades estomatológicas, por ejemplo las extracciones, y está bien que sean limitadas. Si todo lo concerniente a la dentadura estuviese cubierto por un sueldo exiguo de la sanidad pública, España andaría por ahí sin poder comer turrón de Alicante. Políticos de más inteligencia que nosotros, el común, han dejado, acertadamente, que las cuestiones relacionadas con la dentadura, en las partes artísticas, sean del sector privado. Un dentista nunca te dejará mal hecho algo, espera que vuelvas. ¿No sé si me entiendes? Puede que deje algo para otro día, pero eso lo hacen los Ingenieros de Caminos, que no quitan todas las curvas peligrosas en la renovación de una carretera para que sus hijos tengan algo que hacer en el futuro.

Conclusión primera: el dentista es un torturador moderno con prestigio social, lo que se nota especialmente cuando vamos a visitarle y le sonreímos nerviosamente, como diciendo, igual te he ofendido en alguna ocasión, pero no le tengas en cuenta cuando me metas en la boca el torno.

Conclusión segunda: cuando el autor de esta Página número 13 vuelva al dentista, será fuera de España y con nombre falso, por lo que pueda pasar.